J NYC celebrating

Foto: em 1956, Nova Iorque assinalando a Páscoa, em 2019 assinalando o Late Term Abortion

No semanário católico espanhol Alfa y Omega Ignacio Uria não tem dúvidas em tratar a lei do Estado de Nova Iorque de nazismo nu e cru:   

“Sin embargo, lo peor de lo peor, la ignominia más salvaje, llegó desde Nueva York. La semana pasada, sus senadores legalizaron el aborto –atención–  «durante todo el tiempo que dure el embarazo». Es decir, poder eliminar a un niño de, pongamos, cuatro kilos y perfectamente viable. Por si fuera poco, ese aborto no tendrá que realizarlo un ginecólogo, sino que podrá atenderlo personal no especializado: un enfermera, una matrona… En síntesis, ya no hará falta la presencia de un médico para el desmembrar o succionar un bebé del cuerpo de su madre y, si algo sale mal, habrá que rematarlo o dejarlo morir encima de la mesa del quirófano (algo que ya sucede, pero que ahora se legaliza). Una ley propia de la Alemania nazi. Para rematar el salvajismo, la norma prohíbe la objeción de conciencia del personal sanitario.”

Transcrevemos também, a propósito de Nova Iorque, um artigo de Álex Navajas no jornal digital Actuall, no qual chama ao aborto dos nossos tempos “o maior genocídio da história”.

Https://www.actuall.com/criterio/vida/el-aborto-el-mayor-genocidio-de-la-historia/

El aborto, el mayor genocidio de la historia

¿Habrá médicos que sean capaces de trocear el cuerpo de un bebé perfectamente formado? ¿Se encontrarán enfermeras dispuestas a ayudar en esta labor? Mucho me temo que sí. No sólo eso. La nueva ley contempla que se pueda dejar morir al niño que logre sobrevivir al aborto.

Álex Navajas -

01/02/2019

Engañaron a muchos al decir que había 300.000 abortos clandestinos anuales en España. Cuando se despenalizó en 1985, apenas se practicaron 1.000. ¿Dónde estaba esa supuesta demanda social?

Engañaron a muchos cuando planteaban que cómo se iba a obligar a una mujer sin recursos económicos a hacerse cargo de un nuevo bebé y que en ese caso era lógico que abortara. Pero entonces empezaron a abrir ‘clínicas’ privadas que se llenaron los bolsillos a costa de esas mujeres supuestamente pobres.

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Engañaron a muchos hablando de casos extremos de niñas de 13 años embarazadas, cuando la realidad es que la inmensa mayoría de mujeres que abortan ronda la treintena.

Engañaron a muchos asegurando que el aborto sería el último recurso y se pusieron condescendientes diciendo que “es un mal trago para la propia madre”, cuando la realidad es que 4 de cada 10 mujeres que abortan en España ya lo han hecho antes alguna vez.

Engañaron a muchos afirmando que con la educación sexual que iban a impartir se evitarían los embarazos no deseados, cuando la realidad es que se dispararon, terminando la mayoría de ellos en aborto.

Engañaron a muchos esgrimiendo los abortos en caso de violación, cuando la realidad es que éstos no suelen pasar del 0,07% de los mismos.

Engañaron a muchos defendiendo que el aborto no tiene ninguna consecuencia en la mujer, y ocultaron el síndrome del post aborto, que sume a muchas mujeres en una profunda depresión y desesperación para el resto de sus vidas.

Pero ahora han dado una vuelta de tuerca más en la aberración. Tanto es así que incluso muchos que toleran el aborto se han visto consternados. El estado de Nueva York acaba de aprobar que se pueda terminar con la vida del bebé incluso hasta el noveno mes. Hace unos días, en medio de aplausos, risotadas, gritos de júbilo y apretones de manos, el asesino, el genocida, el maléfico, el siniestro gobernador del estado, impecablemente vestido, perfumado y peinado, firmaba –con tinta, pero podría haberlo hecho con sangre- una ley que permite el aborto hasta el último momento del embarazo.

Como de costumbre, los asesinos ocultaron esta orgía de sangre y muerte con motivos humanitarios, lo que convierte el hecho en algo todavía más vomitivo: dijeron que se limitará “a casos de inviabilidad fetal o cuando sea necesario para proteger la vida o la salud de un paciente”. Es decir, siempre. Bastará que una mujer alegue que psicológicamente le supone un trauma tener el hijo para que automáticamente pueda prescindir de él.

¿Habrá médicos que sean capaces de trocear el cuerpo de un bebé perfectamente formado? ¿Se encontrarán enfermeras dispuestas a ayudar en esta labor? Mucho me temo que sí. No sólo eso. La nueva ley contempla que se pueda dejar morir al niño que logre sobrevivir al aborto. ¿Hay alguna imagen más macabra que la de unos sanitarios lavándose las manos y quitándose indiferentes la ropa del quirófano mientras un bebé con el cuerpo abrasado por la solución salina agoniza a pocos pasos?

Hoy me toca escribir sobre esto. No es agradable. Pero nos toca levantar la voz contra esta barbarie, contra el mayor genocidio de la historia. No queramos tener las manos manchadas de sangre por nuestro silencio.

http://www.alfayomega.es/176188/el-hilo-invisible

Ignacio Uría @Ignacio_Uria

 

El hilo invisible

La actualidad reciente ha sido intensa. Alguien podrá decir –con razón– que si el mundo es el nuevo patio de vecinos, todos los días habrá algo interesante, o morboso, o inspirador, que echarse a los ojos. Del exterior vinieron noticias terribles. En Filipinas, dos bombas estallaron en la Misa del pasado domingo y mataron a 20 personas, además de provocar casi 70 heridos. El ataque llegó unos días después de un referendo para crear una región musulmana en el sur del país. En principio, parecía una solución a cinco décadas de terrorismo islamista; en la práctica, una nueva masacre contra los cristianos por el hecho de serlo. Más mártires.

En Venezuela sigue el hundimiento. El número de refugiados hacia Colombia y Ecuador se ha incrementado y la comunidad internacional presiona (unos países más que otros; el nuestro haciendo el ridículo) para que termine la dictadura chavista, un régimen homicida teledirigido desde La Habana. Veremos. El comunismo tiene un probado don para la supervivencia.

Sin embargo, lo peor de lo peor, la ignominia más salvaje, llegó desde Nueva York. La semana pasada, sus senadores legalizaron el aborto –atención–  «durante todo el tiempo que dure el embarazo». Es decir, poder eliminar a un niño de, pongamos, cuatro kilos y perfectamente viable. Por si fuera poco, ese aborto no tendrá que realizarlo un ginecólogo, sino que podrá atenderlo personal no especializado: un enfermera, una matrona… En síntesis, ya no hará falta la presencia de un médico para el desmembrar o succionar un bebé del cuerpo de su madre y, si algo sale mal, habrá que rematarlo o dejarlo morir encima de la mesa del quirófano (algo que ya sucede, pero que ahora se legaliza). Una ley propia de la Alemania nazi. Para rematar el salvajismo, la norma prohíbe la objeción de conciencia del personal sanitario. Los recursos ya están en marcha, pero ¿cuántos niños de 7, 8 o 9 meses de vida intrauterina serán masacrados al amparo de esta regulación?

Entre risas y aplausos (puede verse en internet) el gobernador Andrew Cuomo (católico a tiempo parcial), afirmó: «Esta norma es una victoria histórica para los neoyorquinos». También animó a que se iluminaran edificios para festejar la aprobación. Eso sí, ninguno de rojo sangre, que es el color que más le pega a este genocidio. Nueva York, por cierto, dobla la tasa nacional de abortos, pero esto no parece suficiente para los políticos demócratas, que son los impulsores de esta ley.

En vez de ofrecer a la mujer embarazada los recursos de los servicios sociales, se apuesta por la cuchilla y la sal. En lugar de ayudarla a tener a su bebé y a mantenerlo más tarde, se opta por la matanza subvencionada. Existen opciones provida que evitarían miles de muertes. Lo saben y se ríen. «Es una victoria histórica». ¿Llegará esta ola a nuestras playas? No lo descartemos.

Todas las personas somos iguales en dignidad: los niños (nacidos o no) y los viejos, los pobres y los ricos, los sanos y los enfermos… Todos estamos unidos por un hilo invisible que no debe romperse. Todos somos hijos de Dios.